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El lunfardo Rioplatense

Autor: Jorge B.Rivera del libro "500 Años de la Lengua en Tierra Argentina"



Entre marzo y abril de 1879 un ex empleado policial, Benigno B. Lugones, publicó en el diario La Nación de Buenos Aires dos trabajos curiosamente titulados "Los beduinos urbanos" y "Los caballeros de la industria", en los que recogía parte de su experiencia profesional con el mundo del hampa. Con el tiempo, ambos textos se convirtieron en precursores de los estudios o relevamientos de una jerga que se estaba construyendo por entonces en ambas orillas del Río de la Plata, y a la que se conocería con el nombre de lunfardo, o léxico aparentemente circunscripto, por aquellos años, al ambiente del delito.
La curiosidad por el lunfardo sería testimoniada poco más tarde por Antonio Dellepiane en El idioma del delito (1894), y por José S. Alvarez -el popular "Fray Mocho"- en sus Memorias de un vigilante (1897), mientras que la misma especie comenzaría a extenderse por la sociedad, enriquecida por renovadas creaciones y aportes lingüísticos, hasta convertirse en una suerte de lengua "vulgar", gradualmente alejada de sus primitivos orígenes hamponescos y marginales, y en el vocabulario por excelencia de saineteros, poetas populares y autores de letras de tango, empeñados en recrear ciertos ambientes y clichés lexicales vinculados con los mundos del arrabal y el conventillo.
Mezcla compleja de viejos modismos técnicos del hampa, de voces de la germanía y el caló, de vocablos dialectales de origen itálico, de arcaísmos y de creaciones propias de la dinámica del, castellano rioplatense, además de contribuciones de muy distinta procedencia (porteñismos, argentinismos, americanismos, brasileñismos, etc.), el lunfardo aparece identificado con esta denominación ya a comienzos de los años 1880, como vehículo lexical vigorosamente expansivo, y no sólo como coloratura verbal de minúsculos bolsones sociales.
Por esa razón se lo percibe y evalúa con creciente alarma hacia el '900, especialmente en la crítica erudita de intelectuales como Ernesto Quesada -el de El criollismo en la literatura argentina (1902)- y Miguel Cané -uno de los fundadores y decanos de la novedosa Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires-, quienes señalan sin complacencias su peligroso advenimiento y desarrollo entre nosotros, aunque ambos se refieren no sólo al lunfardo específico, sino (y tal vez con mayores prevenciones) a la expansión complementaria de una especie más general como la jerga "criollo-compadrito-orillera", que se habla en los suburbios (localización un tanto imprecisa, pero que responde a los patrones sociológicos de la época) y comienza a ganar terreno inclusive entre los sectores más cultivados e insospechables de contaminación.
En los cuarenta años que van de 1890 a 1930, a pesar de estos reparos y cautelas, el vocabulario o las marcas del lunfardo aparecen de manera adventicia en muchos autores de época, como Juan A. Piaggio, José S. Alvarez, Antonio B. Masiotti, Nemesio Trejo, Carlos Mauricio Pacheco, Santiago Dallegri, Félix Lima, Evaristo Carriego, etc., y se convierten en veta especializada y constante en poetas o cronistas "lunfardescos" de los años 10 y 20 como Bartolomé Aprile, Angel G. Villoldo, "Yacaré" (Felipe H. Femández), "Carlos de la Púa" (Carlos R. Muñoz), Celedonio E. Flores, Pascual Contursi, "Dante A. Linyera" (Francisco B. Rimoli), Alberto Vacarezza, "Iván Diez" (Augusto A Martini), "Last Reason" (Máximo Teodoro Sáenz), etc.
Una mención sumaria de la poesía "lunfardesca" no puede prescindir de auténticos clásicos del género como Versos rantifusos de "Yacaré", La crencha engrasada (1928), de "Carlos de la Púa", Chapaleando barro (1929), de Celedonio E. Flores, Arrabal salvaje (1938), de Bartolomé R. Aprile, Sangre del suburbio (s/f), de "Iván Diez", y Semos hermanos, de "Dante Linyera".
En un texto paradigmático de la literatura "lunfardesca" -"Musa rea"- Celedonio Esteban Flores fundamentaba de este modo la peculiar estética de su poesía:

No tengo el berretín de ser un bardo
chamuyador letrao ni de spamento;
yo escribo humildemente lo que siento
y pa escribir mejor lo hago en lunfardo.

Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento,
yo no busco en el suburbio sentimiento
¡Pa cantarle a una flor, le canto al cardo!

Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso.

Surge a torrentes mi mistonga musa:
¡Es que yo tengo un alma rantifusa
bajo esta pinta de bacán lustroso!

En otro texto no menos clásico -el diálogo entre Don Antonio y el criollo Aberastury en Tu cuna fue un conventillo (1920)- Alberto Vacarezza apunta con humor las siguientes observaciones del sorprendido inmigrante italiano frente a la demoledora versatilidad del lunfardo (algo que los lingüistas expresan de otro modo al hablar de la velocidad con que se deterioran y renuevan las "insinuaciones semánticas" de los slangs):

Aberastury: ...pare la oreja
y siga el procedimiento
sin alterar la receta...
Usté catura al mosaico
Don Antonio: ¿El qué?...
Aberastury: El mosaico, la percha,
el rombo, la nami, el dulce,
la percanta, la bandeja...¿Manya? ...
Don Antonio: ¡Ah!...Sí...sí. Ya te comprendo...
Qué abondante e la lengua
castellana...Lo mosaico,
lo zaguane, la escopeta,
con cualquier cosa se dice
la mojiere...
Aberastury: La cata a ella...
no bien la vea pasar
le bate de esta manera...
¡Che, fulana, parate ahí!...
Y en cuanto ella se detenga,
usté se le acerca y le hace
este chamuyo a la oreja...
Papirusa, yo te roequi...
Don Antonio: ¿Yo te qué?..
Aberastury: ¡No sea palmera!
Yo te roequi es yo te quiero
al revés...
Don Antonio: ¡Ah! Qué riqueza
de idioma... Cuando no alcanza
hasta te la danno vuelta...
¡Assasino de Quevedo
e Cervantes de Saavedra!...

Más que la folletería "lunfardesca" (e inclusive el sainete), fueron las letras de tango, a partir de las primitivas letrillas de Angel G. Villoldo, pero especialmente desde la letrística iniciada por Pascual Contursi en 1917 con "Mi noche triste", las que cumplieron un persistente papel legitimador y difusorio en relación con la lexicología "arrabalera ". Autores como Contursi, Celedonio E. Flores, Mario Battistella, Enrique Cadícamo, Armando Tagini, Enrique Santos Discépolo, etc., contribuyeron entre 1917 y 1928 a ese proceso, con letras de clara tonalidad lexical como "Flor de fango", "Margot", "El motivo", "Mano a mano", "Pinta brava", "Gloria", "Muñeca brava", "Esta noche me emborracho", "Chorra", etc.
Desde los primeros acercamientos testimoniales o críticos, como hemos visto, se insistió en vincular a esta especie lingüística con los territorios de la marginalidad y el delito. Para muchos autores, sin embargo, el lunfardo no es en puridad jerga hamponesca, sino un argot nacido en el Río de la Plata por razones que pertenecen más al campo de la lingüística propiamente dicha que al del prejuicio o del reduccionismo sociologista, que presidió invariablemente las primeras evaluaciones del fenómeno. Un argot nacido a mediados del siglo pasado, que se fue renovando y ampliando según leyes de constitución y desarrollo propias de las hablas urbanas, y que a lo largo de su vida histórica -no registrada en los diccionarios usuales- extendió su influencia a la vida cotidiana, los usos literarios, el trato familiar, etc., hasta el punto de constituir una peculiaridad profundamente arraigada en muchas esferas.
El interés de investigadores y estudiosos en relación con el lunfardo ha sido fecundo y continuado. Especialistas como Luis Soler Cañas, Enrique Ricardo Del Valle,]osé Gobello, Mario E. Teruggi, ]osé Barcia, Luciano Payet, Fernando H. Casullo, León Benarós, Juan Carlos Guarnieri, Luis C. Villamayor, Amaro Villanueva y Fernán Silva Valdés, entre muchos otros, le han dedicado ensayos, vocabularios e inclusive libros orgánicos y bien informados. Un signo de esta sistemática preocupación lo constituye, a fines de diciembre de 1962, la fundación de la Academia Porteña del Lunfardo, nacida (bajo el lema "El pueblo agranda el idioma") con la finalidad de propender al estudio del lenguaje y la literatura populares porteños.
En una declaración fechada a un año de su creación, la Academia sostenía que "El idioma nacional no se corrompe; por el contrario, se enriquece con el aporte de argentinismos y regionalismos, entre los que contamos los porteñismos y lunfardismos. La Real Academia de la Lengua va recogiendo, en su léxico oficial, muchas voces populares, sin considerar suficiente motivo para impedirlo el origen germanesco o gitano de aquéllas. La Academia Porteña del Lunfardo considera que ha de procederse en forma semejante con gran número de argentinismos, regionalismos y porteñismos de uso popular y literario. Pero sostiene, asimismo, que debe preservarse intacta la sintaxis española, columna vertebral del idioma nacional, y proscribirse la caprichosa deformación de vocablos a que se consagra cierta publicidad tan escasa de imaginación como de buen gusto". Desde su creación la Academia editó boletines lexicográficos, organizó una biblioteca de la especialidad, compiló bibliografías, exhumó la producción o la figura de autores olvidados, expidió acuerdos, produjo comunicaciones sobre aspectos relacionados con el lenguaje popular, realizó numerosas actividades de carácter cultural y artístico relacionadas con el tema y se propone editar un diccionario de lunfardismos y porteñismos.


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