Novedades a tu mail:

Roberto Arlt: El Problema de la "Corrección"

Autor: Jorge B. Rivera del libro "500 Años de la Lengua en Tierra Argentina"



Arlt, el gran novelista de El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), escribe -en especial a lo largo de los años 20- en un contexto fuertemente presionado por la discusión sobre la corrección gramatical y estilística, dato que nos permite encuadrar y explicar el tono fuertemente "normalista" -no específicamente estético o lingüístico- de ciertas críticas contemporáneas.
Tienen nueva vigencia, por aquellos años, las disputas en torno al "idioma nacional", como se puede verificar rememorando la actualización polémica de las tesis de Luciano Abeille y la aparición de libros como De gramática y de lenguaje (1924), de Ricardo Monner Sans; Idioma Nacional rioplatense (1928), de Vicente Rossi; El castellano en la Argentina (1928), de Arturo Costa Alvarez, y El idioma de los argentinos (1928), de Jorge Luis Borges, todos ellos coincidentes con las ediciones iniciales de El Juguete rabioso y Los siete locos.
"La paja en el ojo ajeno", una sección que Francisco Ortiga Anckermann redacta en la revista El Hogar, con el seudónimo de "Pescatore di Perle", se especializa en los años 20 en la denuncia de plagios, "perlas" e incorrecciones gramaticales en la literatura de la época; y brinda una idea aproximada sobre el celo formalista (y el paralelo desmaño) que preside las manipulaciones del gremio literario. Una exacerbación de ese celo en la caza de barbarismos, solecismos, pleonasmos, ripios, anfibologías, galicismos, etc., tendrá su virulenta obra maestra, desde 1913, en las sucesivas ediciones de El caso de "La gloria de don Ramiro", escrito por Martín Aldao con la colaboración del gramático y lexicógrafo Miguel de Toro como escrutinio nada donoso de las deficiencias formales de la novela de Enrique Larreta.
La búsqueda del tono "castizo" se proyecta, como un revival apetecido y altamente prestigioso para algunos, sobre el estilo arcaizante de La boda de don Juan(1927), de Carlos M. Noel, del mismo modo que el "neo-colonial" de Martín S. Noel reproduce contemporáneamente una falsa idea de la antigua arquitectura rioplatense, o que la prosa del joven Borges mimetiza un español excesivamente barroco, casi paródico de los escritores del siglo XVll.
Frente a la aparición de los poemas de El gato escaldado (1929), de Nicolás Olivari, un crítico de la revista Nosotros advierte que en su idioma "se vuelca el burdel y la más supina ignorancia de lo trascendental, de lo elemental en gramática y en decencia lingüística" (cfr. Mariano López Palmero, en loc.cit. , junio de 1930). Los hombres de la revista Martín Fierro, por su parte, se esmeran en censurar la "jerga abominablemente ramplona" de la literatura del llamado "grupo de Boedo", o en fabricar bromas sobre el "italianismo" de Roberto Mariani, el de Cuentos de la oficina, En la penumbra y Regreso a Dios, a la vez que señalan que ellos dicen "en otra forma" y poseen "medios de expresión un poco más complicados" que los de sus colegas. División que en cierta forma refleja la "buena conciencia" lingüística de los hombres de la calle Florida y divide a los hablantes en una zona privilegiada y culta de "usufructuarios legales" (los que descienden, como Borges, del viejo grupo criollo de referencia) y una masa de "advenedizos" (los inmigrantes o hijos de inmigrantes como Arlt, Olivari y Mariani).
En ese universo versátil, aluvional, ya post-inmigratorio, en el que se puede hablar de una norma típicamente rioplatense (igualmente distante de los modelos "casticistas" o "lunfardescos"), el problema de la "corrección" parece estrechamente relacionado con los temas de las clases y la movilidad social. Reivindicar la adhesión y la obediencia a ciertas reglas se transforma, a lo largo de los años '20, en un símbolo de pertenencia social más que gramática, porque la vulneración (admitida y practicada de hecho por muchos escritores que se acercan a la norma del habla cotidiana) es ya el signo más elocuente de una movilidad socio-cultural en pleno ejercicio. Una evidencia aceptada con serias reservas por el establishment de la Argentina, de los años '20.
Arlt vulnera notoriamente (a través de cierto uso peculiar de las preposiciones y de cierto empleo de las concordancias o de la construcción sintáctica), con un criterio más estético y lingüístico que gramatical; y en este movimiento lo acompañan los jóvenes escritores de la revista Inicial (1923-26), que se burlan de Roberto J. Giusti afirmando que "escribe todo lo mal que un profesor de sintaxis tiene derecho a escribir", o el Nicolás Olivari que vocifera desde el prólogo de El gato escaldado (1929) contra los "sistemáticos negadores" que lo atacan por escribir mal y pensar peor, o el Roberto Mariani que se despreocupa de sus "italianismos" y redacta los perdurables Cuentos de la oficina.
Más de una veintena de "aguafuertes" publicadas por Arlt entre 1928 y 1931 -en la etapa en que escribía Los siete locos y Los lanzallamas -testimonian sus juicios sobre la literatura y permiten inferir una actitud menos "ingenua" sobre la misma que la admitida generalmente por sus primeros críticos, los mismos que señalaron los "lunares" de sus incorrecciones gramaticales sin memorar que los grandes emergentes canónicos de la literatura argentina - Sarmiento, Hernández, Mansilla, Almafuerte, etc.- no son, precisamente, un espejo de pureza gramatical.
La cuestión de las reservas contra las "impurezas" gramaticales de Roberto Arlt, o por lo menos las menciones a esas reservas, persistirán en muchos críticos ulteriores (los casos, entre otros, de Ghiano, Vanasco, Hosne, Herrera, etc.), y se confrontarán, en una etapa tan tardía como comienzos de los años '70, en dos textos de Bernardo Verbitsky y H. A. Murena aparecido en La Nación (loc.cit., 10/10/1971). Verbitsky sostiene allí que Arlt escribía todo lo bien que el material le exigía, con "la bella precisión de quien sin creer que el lenguaje era el protagonista sabía usarlo con incomparable fuerza". Para Murena, en cambio, el lenguaje de Arlt "constituye un monumento al mal gusto"; o algo peor aún: una "pasmosa mezcla de clisés de cronista policial, estereotipos de pésimas traducciones españolas y giros de manual de redacción de comercio".
Casi una década más tarde la cuestión quedará saldada por Ricardo Piglia en un célebre pasaje de su novela Respiración artificial (1980). Aquel en el que afirma que cualquiera puede corregir una página de Arlt, pero nadie puede escribirla.

Círculo Literario Peazeta - Literatura argentina- Comunidad
SADE - Artículos - Cuentos y poesías - Punto de atención - Efemérides - Lección gramatical - fotos
Copyright © 2002-2003 - creadoresargentinos.com - Diseño Estudio DAT