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Escritores argentinos olvidados
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Estas entrevistas fueron publicadas en el suplemento cultural del diario La Voz del Interior, de Córdoba, en febrero de 2001.
Susana Romano (poeta, ensayista)
-En este punto coinciden dos libros de cuentos. Uno es de
Ezequiel Martínez Estrada que se llama Tres cuentos sin amor.
Es muy viejo. Yo lo leía cuando era estudiante, en los años
60. Hace un tiempo lo rescaté de mi propia biblioteca, después
de varios traslados, idas y venidas, y estimulada por
conversaciones sobre Radiografía de la pampa, recuperé ese
libro maravilloso. De ese grupo, cuyo temática es el campo,
destaco "La inundación", un relato extraordinario. No quiero
ponerlo en ninguna cadena de precursores o sucesores de nada,
pero es fantástico porque tiene muchas cosas que hoy se
valoran después de que se ha estudiado la parodia, la ironía,
el escepticismo. Martínez Estrada es un eslabón en la
narrativa argentina que nadie indaga ni instala en ninguna
cadena. Está como silenciado.
El otro libro que mencionaría tiene que ver con un amor
particular por Silvina Ocampo, y es el libro La furia, una
obra muy comprometida con el género epistolar. No podría decir
que es el mejor de los libros de Silvina Ocampo, pero es muy
interesante. Ultimamente sólo se han ocupado de esta autora
Noemí Ulla y muchas especialistas extranjeras que rescatan la
cuestión del género femenino o feminista. Más allá de eso, me
parece una figura narrativa que va al lado de otros
integrantes del grupo Sur, como Borges o Bioy. Pese a esto, no
es leída ni recomendada en las bibliografías de las
facultades. Creo que el género del cuento en general no está
en las expectativas del mercado.
Isidoro Blaisten (narrador)
-Me parece injustamente olvidado José Ingenieros, toda su obra
es importantísima y sigue estando vigente, pese a que era
positivista. Otro es Fray Mocho, y el poeta entrerriano Carlos
Mastronardi, autor de Luz de provincia. Hasta hace poco,
también estaba injustamente olvidado el General Paz, aunque
ahora Emecé acaba de sacar sus Memorias póstumas, que son
extraordinarias. Pienso también en Las multitudes argentinas
de Ramos Mejía, en Daniel Moyano, Aníbal Ponce, en la novela
Nacha Regules de Manuel Gálvez, en La ribera de Enrique
Wernicke, en la obra de Payró, en el poeta Horacio Rega
Molina, relegado por motivos políticos. Algunos se van a reír,
pero a mí me gusta mucho y creo que está injustamente olvidado
Héctor Gagliardi, quien hacía poesía popular. También los
cuentos de Ezequiel Martínez Estrada, y un poeta fundamental
completamente olvidado, que es Mario Jorge De Lelis, al igual
que Vicente Barbieri y Miguel Peyrou. Y pienso en muchísimos
más.
Creo que hay en la literatura una especie de manía por lo que
está de moda o es políticamente correcto en el momento. Se
leen ciertas cosas porque queda bien leerlas. Yo no sabría
decir si esto es propio de la cultura argentina. Hace muy poco
que en Francia, por ejemplo, se retomó la bandera y el nombre
de Anatole France. Lo que se lee responde a ciertos mandatos,
lo cual es terrible. Cuando yo tenía una librería, recomendaba
a todos mis amigos intelectuales que leyeran Insólito
esplendor, de Stephen King. Hoy es un autor que ha sido
"aceptado". También había un poeta que había que leer porque
estuvo preso 14 años durante el franquismo, pero no era un
buen poeta. ¿Durante cuánto tiempo estuvieron olvidados
Marechal o Roberto Arlt? Ahora es de buen tono leerlos.
Parte de la culpa de esto la tienen los editores. Están
buscando la novedad, y no se dan cuenta de que la literatura
argentina es enormemente rica y buena. Se olvidan de ese
venero inestimable que tienen detrás.
Horacio González (sociólogo)
-No son los lectores sino las épocas (esto es, los lectores de
hechos, no de libros) los que envían al desván los escritos
que en algún otro momento fueron notorios. Una época los
encumbra, otra los olvida, otra puede aún volverlos a
contemplar.
La justicia es caprichosa y su esencia es el derecho a ser
injusta. Hasta que los ejemplares sobrevivientes se vuelven
clásicos. Julio Cortázar y Leopoldo Marechal escribieron
literaturas eximias, pero estaban adheridos como enredadera a
los muros de una época. Son los injustamente olvidados porque
eran muy buenos y ahora para que vuelvan hay que desenredarlos
de aquellos muros.
Noé Jitrik (crítico, poeta y narrador)
-Un nombre que me parece que ha desaparecido del campo de
atención de la crítica y de los lectores cultos en general es
el de Arturo Cerretani, con una obra de primer nivel que tiene
títulos como La violencia o La viaraza. Ya en el campo de la
poesía, hablaría del ultraísmo, tapado por obra y gracia de la
influencia de Borges. En esta línea, habría que mencionar al
primer Oliverio Girondo, o al propio Francisco Luis Bernárdez.
Me refiero sobre todo a los lectores especializados, ya que no
se puede hablar de lo que sucede entre quienes leen best
sellers o salen a comprar el último libro de Ernesto Sábato.
Todo el mundo se ha ocupado de la obra de Rodolfo Walsh, la
cual tiene su importancia, pero eso no debe llevar a tapar
otras cosas. Yo no podría decir si esto de los olvidos es
propio de la cultura argentina en particular, que se olvida de
un escritor tan inteligente como Conrado Nalé Roxlo. No sé si
se puede decir que estos olvidos sean injustos. Sucede que hay
escritores que uno frecuenta o disfruta, y que por una u otra
razón no están ocupando la escena o no forman parte de lo que
a los profesores les interesa enseñar.
Andrés Rivera (narrador)
-En primer lugar mencionaría el Martín Fierro, de José
Hernández, y el otro libro que pienso que está injustamente
olvidado es el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento.
Esto tiene que ver con el estado en que se encuentra hoy la
educación en la Argentina, y obviamente con el estado en que
se encuentra el país. Además, parece ser un fenómeno universal
el hecho de que no se incite a la lectura tanto a los jóvenes
como a los que no lo son.
Pienso que el Martín Fierro y el Facundo son textos
importantes porque no sólo aluden a nuestro pasado, sino que
explican el presente.
Elvio E. Gandolfo (narrador y periodista)
-Dos hechos recientes relacionados con la encuesta. La
excelente cuentista Amalia Jamilis falleció no hace demasiado
en Bahía Blanca, donde vivía. Publicó media docena de títulos
fundamentales. No lo hizo en oscuras ediciones personales sino
en Centro Editor, Emecé, Legasa, Celtia o Catálogos (su último
y reciente libro: Parque de animales). Jamilis tiene al menos
una decena de cuentos maestros y contundentes. Pero no hubo
prácticamente aviso de su desaparición en ningún medio, ni
figura una sola vez en la Historia crítica de la literatura
argentina dirigida por Noé Jitrik, en el tomo dedicado a la
zona temporal donde desarrolló más actividad. Alguna vez oí
decir con desdén "Ah, sí, una narradora del '60", dato que al
parecer la radiaba y se agregaba a ser mujer (y no feminista
adscripta), vivir en una ciudad de provincia y tener muy buen
sentido del humor.
Carlos Correas se mató cerca de fin de año: tampoco vi
repercutir demasiado ese hecho. Escribió Operación Massota, un
libro raro, a mitad de camino entre el ensayo, la novela y el
texto inclasificable "a la Benjamin", y otro un poco más
"novela": Los reportajes de Félix Chanetton. Después siguen
(muchas) firmas: la jujeña Leonor Pichetti con Los pájaros
salvajes, el inefable Santiago Dabove, los libros del gran
Néstor Sánchez, los poemas del rosarino Felipe Aldana, o El
traductor de Salvador Benesdra, publicada hace apenas dos
años, enorme novela, en todo sentido, que agitó las aguas una
décima de segundo y se hundió para integrar la enorme
Atlántida sumergida y construida por los cientos de libros
argentinos injustamente olvidados.
Pablo Anadón (poeta y crítico)
-País amnésico, se diría, es el nuestro. Tal vez no difiera
demasiado de otros, tal vez incluso estemos mejor que otros,
pero cuando uno ve la manera en que en otras culturas se
cuidan las obras de sus creadores, y se compara con el
abandono en que dejamos a las nuestras, no se puede menos que
sentir pena.
Tampoco pienso que sea particularmente positivo poseer la
memoria de Funes, el personaje de Borges, ya que la selección
del tiempo es asimismo necesaria. El problema se presenta
cuando esa selección la hace el azar, u otros criterios que
poco tienen que ver con el valor literario. De cualquier modo,
si pensamos en otros olvidos y desatenciones, preferimos
callarnos.
Dado que en la Argentina la crítica profesional es bastante
escasa, suelen hacerse cargo de la tarea los mismos creadores.
Esto tiene algunas ventajas, es cierto, pero también sus
serios inconvenientes, como el hecho evidente de que los
autores proceden de acuerdo con sus intereses creativos, en el
mejor de los casos, o con su política literaria, en el peor.
La memoria crítica, entonces, puede ofrecer amplias lagunas.
Una clara muestra de esto, al menos en lo que atañe al ámbito
de la poesía, que es el que conozco mejor, podría ser el
primer tomo de la Historia crítica de la literatura argentina
dirigida por Noé Jitrik.
De allí que sea posible hablar, no sólo de libros, sino
también de obras completas olvidadas, e incluso de
generaciones poéticas que esperan que alguien se acuerde de
ellas. Y no me refiero a autores menores, sino a poetas
realmente valiosos, que en cualquier otro país más serio ya
contarían con sus buenas ediciones anotadas. Pienso, por
ejemplo, en la "generación del '40", y quizá más injustamente
aún, en los poetas que surgieron entre el modernismo y la
vanguardia, los llamados "postmodernistas", que conformaron un
grupo poético sin parangón en la lírica hispanoamericana de la
época. Pese a la estimación de Borges, ¿alguien lee hoy la
poesía de Ezequiel Martínez Estrada? Y, fuera de algunos
textos sueltos, ¿qué poeta joven ha leído atentamente las
obras de Enrique Banchs y Baldomero Fernández Moreno? ¿Y a
Rafael Alberto Arrieta, Pedro Miguel Obligado, Héctor Pedro
Blomberg, Luis Franco, Conrado Nalé Roxlo, José Pedroni,
Carlos Mastronardi, Francisco López Merino...? Sus libros
merecen, a mi juicio, una relectura presente.
Sylvia Iparraguirre (narradora)
-Para pensar este tema habría que hacer una especie de
sociología de la literatura, aunque un poco apresurada. Creo
que Benito Lynch es un autor fundamental, con obras como El
inglés de los huesos y cuentos como "El antojo de la patrona".
También pienso en Bernardo Kordon, autor de relatos como
"Alias Gardelito"; en Alfredo Varela, con una novela que se
llama El río oscuro, que yo no he vuelto a ver en librerías;
en Conrado Nalé Roxlo; en La gran aldea, ese libro formidable
de Lucio V. López. Sobre todo si se toman por ejemplo las
décadas del '40 y '50, pienso que la lista de autores
olvidados sería enorme.
Creo que la explicación de esto tiene que ver con un proceso
que se ha acelerado en los últimos años, asentado básicamente
en tres factores: la industria del libro, el tremebundo
sistema de novedades que padecemos todos los autores, incluso
los más actuales, y el hecho de que se haya perdido la vieja y
legendaria figura del librero argentino. Empecemos de atrás
para adelante: me acuerdo de Poblet, el dueño de la librería
Clásica y Moderna de Buenos Aires. Como él, durante mucho
tiempo hubo en las grandes librerías personas que te
recomendaban libros, conocían de buena literatura, te podían
hablar de una novela, de poemas o de un buen volumen de
ensayos. Hoy, con las nuevas cadenas de librerías, donde se
recluta a gente muy joven (lo cual me parece bien), uno se
encuentra con meros vendedores, que lo mismo podría estar
vendiendo libros o camisetas. La persona que entra a buscar
algo específico no recibe ninguna orientación. Hay una
ignorancia muy generalizada entre quienes venden libros.
Por otra parte, con el desembarco de las grandes empresas
españolas o alemanas, en la Argentina el libro se ha
convertido en una gran industria. Se publica muchísimo,
incluso más de lo que se puede asimilar, y dentro de grande
colecciones que hacen hincapié en la novela histórica o los
libros de autoayuda. Esto, obviamente, no tiene nada que ver
con la calidad de los libros.
También está el famoso servicio de novedades. Un libro tiene
dos meses en una vidriera, y pasado ese plazo se lo reemplaza
por las novedades que acaban de entrar. Los libros se van
retirando hacia el fondo, hacia un lugar cada vez menos
visible.
Todo este conjunto de condiciones que conforman el mercado del
libro constituyen las razones económicas por las que
determinados libros ya no están a la mano. Pero también puede
haber razones estéticas, o bien cuestiones referidas a las
nuevas generaciones.
Si yo pudiera hablar con los editores, les diría que podrían
hacer una excelente colección con autores argentinos
olvidados. Hay muchos libros que pueden tener una circulación
limitada en alguna cátedra de literatura argentina, pero si se
piensa en los lectores en general la cosa es muy distinta.
Luis Gusmán (narrador, psicoanalista)
-Me parece que están injustamente olvidados libros de Miguel
Briante como Ley de juego y King Kong. Creo que, como
cuentista, Briante recibió bien influencias como las de Borges
o Juan Carlos Onetti. Es realmente un cuentista muy
interesante. Es también un narrador quizá diluido por un
momento en el que tal vez debió haber estado acompañado por
una cosa teórica. Además, el mito terminaba en la persona de
él, y no pudo hacer con su obra un mito. Como el mito era él,
su ausencia hace que su obra no sea leída.
Quizá hay un caso aún más espectacular que el de Briante, y es
el de Alberto Girri, un gran poeta nacional, del que no
aparece nada.
Angélica Gorodischer (narradora)
-Creo que deberían rescatarse las obras de Fray Mocho, que son
una maravilla. Pienso en libros como Memorias de un vigilante:
que deberían ser sacados del olvido por diversas razones: es
graciosísimo; pinta toda una época; y enseña a usar el
diálogo. Todo aquel que quisiera empezar a escribir debería
leerlo varias veces y aprender cómo utiliza el diálogo.
Por supuesto que los libros olvidados son muchos más, pero yo
quisiera detenerme en un escritor que me parece valioso:
Benito Lynch. Su libro El antojo de la patrona me resulta
estupendo, perfecto, no así El inglés de los huesos, que me
parece un poco sentimental. Para terminar, mencionaría las
Memorias póstumas del General Paz, otro libro sin parangón.
Héctor Schmucler (sociólogo, ensayista)
-Uno de los sitios más notables de la memoria de nuestra
cultura es el olvido de Héctor A. Murena. No de un libro en
particular, sino de todo Murena, quien escribió novelas,
poesías, ensayos y piezas de teatro que en conjunto hacen una
obra que hoy es casi desconocida. Preguntar hoy por este autor
a la gente joven y no tan joven es como preguntar por alguien
inexistente, a pesar de algunos intentos muy aislados de
rescatarlo cada tanto.
Me interesa enfatizar que Murena es un todo, es un pensador,
que produce en distintos géneros, aunque podría decirse que es
esencialmente un ensayista. Vivió entre 1923 y 1975, y tuvo un
momento de auge. Por los años '60, la literatura argentina
casi que se dividía entre murenistas y antimurenistas. Murena
estuvo vinculado pero también peleado con la revista Sur. Fue
por una parte una especie de hijo mimado de Victoria Ocampo, y
eso despertaba la ira de los enemigos de Sur. Pero lo cierto
es que fue intolerable tanto para la derecha como para la
izquierda. Murena nunca se enroló en una posición política que
no fuera la política de una crítica acerva e intensa a la
cultura de la época.
Hoy, a la distancia, podemos rescatar de él un pensamiento de
una actualidad sorprendente. En algunos de sus ensayos, donde
habla de la técnica como un elemento sustancial de la
constitución -o más bien diría destrucción- de nuestra
civilización, hay un enorme parecido con lo que podría pensar
Martin Heidegger. A mí me gusta compararlo además con
Benjamin, por su lectura a contra pelo de todo, y por otro con
ese gran ensayista que es George Steiner. Hay en Murena, al
igual que en Steiner, una creciente búsqueda de lo
trascendente como fundamento de lo humano y de toda expresión
artística. Uno de los libros más bellos de Murena, La metáfora
y lo sagrado, tiene algo de Presencias reales de Steiner.
Murena fue también un crítico intenso de la modernidad, una
crítica que ahora está un poco de moda, por buenas y malas
razones. Su primer gran ensayo, que en su momento tuvo una
gran repercusión, fue El pecado original de América, donde se
funden un profundo antifascismo y un similar
antinorteamericanismo. Murena resulta hoy completamente
ignorado. Y me temo que un pensamiento como el suyo, que se
fue haciendo crecientemente místico, difícilmente vaya a ser
rescatado en una época y en mundo que tiende cada vez más al
facilismo y la ligereza.
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