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Sor Juana de la Cruz

Autor: Artículo publicado en revista “Nueva”, mayo 1994.



Se llamaba Juana de Asbaje y Ramírez, pero pasó a la historia como Sor Juana de la Cruz, el nombre que adoptó en el convento San José de las Carmelitas Descalzas.
Apodada también “la décima musa” y “la emperatriz de la lengua castellana”, había nacido el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel Nepantla, México. A los tres años aprendió a leer; a los ocho dominaba el latín y escribió su primer poema, una loa eucarística.
Para esa época, su padre, el capitán Pedro Manuel de Asbaje, la envió a estudiar a la capital del virreinato; tiempo después, como las mujeres no podían ingresar en la universidad, aprendió por las suyas lógica, gramática, física, historia, música, arquitectura y leyes.
Sin embargo dijo: “Desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas represiones me alejaron de este natural impulso.”
A los trece años, como dama de compañía de la marquesa de Mancera, era admirada por su belleza de “tez dorada, finos labios rojos, dientes blancos y bien dispuestos, manos expresivas”.
Célebre como poeta, su precocidad asombraba al mismísimo virrey, quien decidió comprobar si, como se decía, la sabiduría de la joven emanaba de Dios. En 1666, en el palacio virreinal de ciudad de México, cuarenta ilustres letrados, teólogos, abogados, matemáticos, historiadores y humanistas la interrogaron durante varias horas.
“A la manera de un galeón real se defendió de las pocas chalupas que la embistieron”, dijo de ella deslumbrado el virrey. Tenía sólo quince años. Asediada por jóvenes aristócratas, se le auguraba un brillante matrimonio, cuando en agosto de1667 tomó los hábitos. Dos años después, las severas reglas de las carmelitas, la confinaron en el convento de San Jerónimo por el resto de sus días. A partir de sus famosas redondillas:
Hombres necios que acusáis/ a al mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis… se ha conjeturado que un desengaño amoroso motivó su apartamiento del mundo.
Decía haber tenido por “maestro sólo un libro mudo y por condiscípulo un tintero insensible”. En su celda llena de mapas, libros, instrumentos musicales y aparatos científicos, recibía a viajeros ilustres, eruditos y cortesanos.
Escribió una treintena de loas, dos comedias, dos sainetes, y un notable poema, Primero sueño, de unos mil versos, en latín y nahuatl (lengua azteca) e imitó el habla de negros e indios.
Compuso también tres autos sacramentales. El más famoso es El divino Narciso en el que trazó paralelos entre ritos indígenas y cristianos y puso en escena un Cristo-Narciso que al ver su imagen reflejada en el hombre, moría de amor. Era temida por su espíritu polémico: en 1690 publicó Crisis de un sermón, un explosivo ataque a Antonio de Vieyra, intolerante predicador jesuita.
Con el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, públicamente le reprochó el tiempo gastado en filósofos y poetas, y le aconsejó dedicarse sólo a la lectura de libros sagrados.
Sor Juana en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, contestó que no escribía sobre temas religiosos por el respeto que le merecían las sagradas escrituras. Sostenía que mientras a los hombres se les consideraba sabios, a las mujeres, ineptas por el sólo hecho de serlos, y refutaba la idea de que no estudiaran: “...estudiar, escribir y enseñar, no sólo les es lícito, sino muy provechoso y útil”.
No obstante, abrumada por las presiones, debió vender - en beneficio de los pobres -, sus instrumentos científicos y musicales, y de sus cuatro mil volúmenes, sólo conservó sus devocionarios.
Realizó una confesión general que duró varios días y firmó con su sangre dos solicitudes de gracia al Tribunal Divino. Vivió desde entonces mortificándose con crueles penitencias.
Entregada al cuidado de los enfermos, contrajo una fiebre maligna y murió, en México, el 17 de abril en 1695. Sólo tenía cuarenta y cuatro años.


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