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El tatuaje de paloma
Autor:
Tamara Nabel
Hay un momento, un instante, un segundo que separa a dos personas de la intimidad del ser amantes. Antes de ese segundo, podrían haber discutido la posibilidad de tener sexo, podrían haberse mirado lascivamente, incluso podrían haber intimado varias veces en encuentros anteriores. Pero ese día, en ese lugar, aún no manifestaron el deseo del uno por el otro, evitaron rozarse y tocarse. Ese instante preciso donde uno de los dos trasciende la barrera de lo urbanamente aceptado, define que a partir de ahí, todo vale. Todo. Es como si ese gesto diera permiso para el activar el desenfreno, para abrir la puerta de lo íntimo, para dejar de reprimir. No tiene que ser el momento del beso necesariamente, basta una caricia sutil o que simplemente uno de los dos se levante de su lugar con la intención de acercarse al otro, cualquier cosa puede hacer el truco...
Casi podía sentir sus dedos recorriéndole la piel, partiendo del tatuaje de paloma que tiene en la parte baja de su espalda, sobre el costado derecho.
Todo empieza unos minutos antes. Entran a su casa y luego de una charla incómoda (como debe ser en vistas de la tensión sexual entre los dos) le cuenta que, finalmente, se animó. Él le pide que se lo muestre y ella duda, se le ocurre fugazmente la idea de proponerle que lo busque él solito, pero la descarta, todavía no están en ese lugar. Entusiasmada, pero contenida, de un movimiento (que deliberadamente intenta ser sensual) busca el lugar y se baja unos centímetros el pantalón. Descubre el tatuaje y lo ve a él mirarlo, muy interesada en su reacción. Medio exagerando, medio por curiosidad (y por aprovechar la situación) él se agacha para verlo mejor, de más cerquita. Y así en cuclillas, mientras le toca suavecito la piel, le pregunta (para hacer conversación y salir del paso) si le duele. “No, no me duele” le responde ella y mientras, él sigue mirando el dibujito, agachado, tocando su piel disfrazada de tatuaje. Entonces la mira a los ojos y como la ve sonreír, con su mano toma el lugar del dedo pulgar de ella, encargado de sostener el pantalón. Ella saca la mano, antes cautiva, y mientras piensa dónde sería adecuado ponerla (la apoya en la cabeza de él, le enreda los dedos en el cabello), de un movimiento seguro, la mano libre de él le agarra la cadera (por la parte izquierda) y lleva los labios hasta su piel. Ella lo ve desde la altura besar muy lenta y tiernamente primero la palomita tatuada y (después de girarle el cuerpo) seguir por el resto de la parte baja de su espalda. Para esa altura ya no lo tiene dentro de su campo de visión, pero siente que apoya las rodillas en el piso. Con los labios y la lengua, sigue recorriendo la curva de su espalda, mientras un dedo explorador, traza onditas y zig-zags en la parte más alta. La mano libre de él la sostiene por la panza. Estirada y firme, la mantiene a ella erguida y apretada contra su boca.
De más está decir que ella no atina a hacer ni un movimiento. Procura mantener la cordura, que dadas las circunstancias, es mucha cosa.
Lo que sigue posteriormente quedará oculto. No los hechos en general, eso podrá el lector imaginárselo con más o menos detalles, sino el relato. Ella lo recuerda con nitidez, pero prefiere no hacer el esfuerzo de ponerle palabras. Prefiere conservar el recuerdo in-exacto y cuasi onírico de esa noche, guardarse las pulsiones y las sensaciones.
Sucede que la relación de los amantes es así de efímera. El otro opera como catalizador de las fantasías individuales, simplemente eso. El único amor que existe en sus cuerpos, es el amor propio de cada uno, y lo que persiste es la exigencia de placer. Ella pretende retener en su memoria no a él, sino a la imagen que tiene de ella misma. No quiere olvidar que fue capaz de sentirse así. Así de plena, así de sensual, así de mujer.
Entonces se siente exhausta. Acabada, vacía, agotada. Tiene el peso de él encima y aunque siente mucha ternura, de un sutil movimiento se pone de pie y se va al baño. Él aprovecha para vestirse y tomar un poco de agua. Enciende la luz y reconoce el ambiente de otra forma. Ya está listo.
Se despiden por ese día, por ese encuentro....
Ella sabe que todo volverá a recomenzar la vez siguiente, si es que la hay. Como si la confianza tuviera que ser ganada vez por vez. Uno no retoma donde dejó, siempre se empieza de nuevo.
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