Novedades a tu mail:

De salmones y atunes

Autor: Julio Nadeo (Peto)



Dime lo que cenas y te diré cómo eres…

A mí no me gusta el pescado. Linda forma de empezar a escribir sobre ellos. En realidad escribimos sobre lo que imaginamos, caminando sobre la intuición, de lo primero que nos sale, a veces sin pensar. Pero sobre lo pensado alguna remota vez seguro y perdido en algún lóbulo de nuestro cerebro. Y sobre ello develamos una verdad aparente, un submundo de ideas que bajamos a la realidad, aunque sea contada a medias. Y a mí el pescado no me gusta. Sin embargo me gusta pescar.
Dicen y lo comprobé alguna vez accidentalmente, que el agua y el aceite no se mezclan. Perdón, debo decir con convicción que el agua y el aceite no se mezclan. Acá lo relativo no tiene valor ahora. No es tiempo de ponerse a filosofar sobre si estos comunes elementos a nuestra vida cotidiana se mezclan o no… Sería perder el tiempo incluso, dudar de dogmas de los que ya no se discute. Sería mejor si utilizáramos la paradoja tan conocida que la vida misma está llena de componentes que a veces se comparten, otras se fusionan y algunas no lo hacen. También sabemos que (tomando el más estricto sentido culinario de esos condimentos) le ponen gusto a la vida. De esa manera se suceden los hechos en cada historia, las idas y vueltas en nuestra vida, como quien condimenta esta ensalada de cosas que nos pasan a diario. Y para salirme de la tentación de no caer en doctrinas de cocina de alta escuela, recuerdo el tan conocido dicho “una de cal y una de arena”. Así es como surge este dicho tan popular, contestación ambigua y reiterada en más de una de nuestras conversaciones. Caballito de batalla de las tantas veces que no sabemos qué decir cuando nos cuentan algo no tan feliz, casi trágico, que no cierra. De esas veces que nos pasan todas y no sabemos como salir. Así como es difícil para mí salir siempre con la misma contestación, sobre todo en algunos eventos, o salidas a cenar, cuando el anfitrión pone en el plato el más exquisito y fino pescado y trato de disimular mi cara, mis gestos a veces tan notorios. Ese es el primer examen que solemos sortear, debido a las reglas bien aprendidas de cortesía o falsedad encubierta, con un simple “gracias” acompañado de la más falsa sonrisa. El tema es que los minutos pasan, uno es el que más habla y comenta, pero el que menos come. Y ahí se pone en juego ahora la ansiedad de quien nos sirviera tan fino plato. Y se nota que la pregunta se viene. Es más: la pregunta flota en el aire, se la ve a punto de aflorar de la boca, y se calla. Se vuelve a tragar y se sigue hablando. Y ya no es ni el anfitrión de la cena, ni el que lo sirvió, sino los comensales. Son esas situaciones en la cual nos sentimos realmente observados por todos. Y todos esperan otra cosa, ya empiezan a dejar largos silencios sin llenar, y lo que es peor empiezan a mirarnos el plato en intervalos de segundos que duelen como cuchillada en la espalda. Hasta que de la forma más elegante y periférica posible, sale el comentario tan esperado, ahora sí, por quienes degustan el plato tan bien presentado. La pregunta obligada que todos piensan pero sólo uno se anima a hacer: ¿Está bueno el salmón, no? Y sólo queda flotando unos segundos, hasta que alguien responde con vehemencia: “Exquisito, hacía mucho tiempo que no comía algo así”. Entonces uno entra en evidencia, en la más clara y rotunda puesta fuera de juego. Como si en una misma hilera todos dieran un paso al frente y uno quedara atrás, mirando justamente sus nucas y pensando solo. Y ya no hay escapatoria. Estamos ahí, en el frente de la clase repleta de gente, solos frente al profesor que todavía no hizo la pregunta pero que por una ley eterna debe hacerla y la va a realizar de un momento a otro: “¿Y a vos no te gusta el salmón?”. Y uno transforma la pregunta en una justificación clásica pero efectiva. En un principio fundamental, en un recurso rico desde la esencia misma de la justificación, que es la generalidad. Siempre la generalidad responde por sí sola ante cualquier eventualidad. La visión de hechos particulares y la respuesta desde lo general, da la espalda para que uno pueda salir al menos con decencia de semejante situación engorrosa. A veces incluso victorioso. Porque no hay mejor justificación que la que se acompaña de las palabras vida, amor, justicia…Y en este caso todas son buenas, más si se trata de algo tan simple como el comer. “Es que a mí no me gusta el pescado”. Y de lo genérico de la respuesta, no hay lugar para subjetividades. No se lastima la sensibilidad de nadie, no se dan explicaciones espurias ni comentarios técnicos de cómo estaba hecho, el gusto, la cocción ni nada de eso. La respuesta genérica es excluyente, no tiene contra cara. Se justifica en sí misma. De allí vienen los segundos lógicos de silencio, alguna tos nerviosa, y la salida elegante del precursor de este encuentro: “¡Es verdad! A mucha gente no le gusta el pescado…” Y sin esperar otra cosa, la frase obligada. Aquella que no sabemos como surge o si la tenemos incluida en nuestra memoria remota, o en el mismo instinto que la civilidad nos ha inculcado con los años. Como la respuesta puesta en boca. Todas las miradas se dirigen a él y con un interés desmedido, más en salvar su pellejo que en solucionar un problema, y con la fuerza eléctrica que le trasmiten los otros comensales se dirige a mí directamente mirándome a los ojos: “¿Querés que te traiga otra cosa? En serio… Y el “no gracias” sale escupido espontáneamente, sin pensarlo. En forma automática, matemática, refleja. Aunque nos muramos de hambre, aunque no sepamos tapar una cosa con otra, ni siquiera por nuestra propia supervivencia. Y ahí flotando en el aire nuevamente, en ese inmenso silencio, en ese “quedar en evidencia” el remate final. Casi cantado, como cuando el mejor jugador del circuito local, coloca si titubear ese putt a quince centímetros del último hoyo. Sólo hay que empujarla, nada más: “No me cuesta nada hacerlo, son diez minutos”. Ya no más palabras, un gesto vasta para poder cortar abruptamente con el tema. Sin más rodeos, clarito como el agua. Y finalmente cerrado, como las gotas de aceite quedan solas y bien aisladas flotando en la ensaladera de porcelana que tengo enfrente de mí. Y él sigue mirándome de costado, indiferente pero celoso a la vez. Como husmeando que hago o que digo. Hasta que ya no pudo hacerlo más: el salmón resentido, mi compañero de cena, se fue tal cual como vino. Y con vino blanco, frío, caro y del mejor, limpié totalmente de algún gusto perdido que pueda haber dejado en mi garganta aquel efímero intento de probarlo…
No me gusta el pescado, y ahora creo que no me gusta pescar…




Círculo Literario Peazeta - Literatura argentina- Comunidad
SADE - Artículos - Cuentos y poesías - Punto de atención - Efemérides - Lección gramatical - fotos
Copyright © 2002-2003 - creadoresargentinos.com - Diseño Estudio DAT