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Indicios
Autor:
Silvina Marcela Vicente
El otoño tardíamente se había decidido a aterrizar en la ciudad. El día trajo de su mano a la lluvia y el viento.
Selva, llevaba bastante tiempo despierta. Le venía costando mucho dormir este último tiempo. Las ovejas que contaba se rebelaban en una enumeración sin fin.
A él lo despertó el teléfono. La empresa de mudanzas cancelaba su cita. Con este aguacero era inútil trabajar. Se asomó por la ventana y se quedó como mirando hacia la calle, pero sin faltar a la verdad, sólo veía sus pensamientos.
Selva se levantó cuando lo escuchó protestar por ese día de porquería.
Con o sin lluvia, ese día sería de porquería de cualquier modo.
-Entonces, ¿cuándo te vas a mudar?- Le preguntó.
Él se limitó a encogerse de hombros. Ella se levantó, se abrigó y se acodó junto a él en la baranda de la ventana. Era la última ocasión que le quedaba para sentirlo cerca. Su respiración, su olor, su presencia.
-¡Cómo llueve! Cuántas cosas arrastra el agua. Qué grande parece la ciudad desde acá. Sin embargo con esos truenos tengo la sensación de que el mundo va a derrumbarse.
¿Te acordás? ¡El día de la lluvia torrencial en Mar del Plata! No teníamos auto, ensayábamos la convivencia y como funcionó a la perfección, mojados, caminando, felices, y aunque sin un cobre, volvimos seguros de que podíamos ir soñando de prisa con todo lo demás.
Y así, fueron llegando la casa en común, el auto, la estabilidad y con ellos, las alegrías y otros sueños y otros y otros, y también los problemas.
No creo que esa chiquita con sus escasos diecinueve años haya podido separarnos, sólo fue una excusa, pobrecita, para que sin culpa pudieras tapar nuestro fracaso.
¿Te acordás? Soñábamos envejecer juntos, en esa casa en la playa. Qué frágiles resultaron nuestros sueños de vejez compartida. Tan frágiles como parece la ciudad bajo el agua. Tan frágil como te creí el día que te conocí.
Él la miró extrañado. ¿Lo habría creído frágil realmente? ¿Por qué nunca se lo había dicho?
Selva no respondió a la pregunta de sus ojos. Pero ese primer día no sólo lo sintió frágil, sino desvalido, después se dejó engañar por la ilusión y desatendió cada uno de los indicios con los que cada tanto se topaba. Hoy cree que eran indicios de un fracaso anunciado y desoído. En esos momentos sólo pensaba que serían pequeños obstáculos a sortear. Ella sabía enfrentar obstáculos. Lo había hecho siempre y confió demasiado en eso que creyó una virtud.
-¿Te acordás?- Siguió diciendo- Yo te decía, ojalá nunca seas mi enemigo. Cuando te enojás con alguien dejás aflorar una parte tuya muy cruel.
Pero Selva no tenía nada que temer, ella lo amaba, él también. Ella sabía cómo hacerlo feliz, cómo hacerse querer. Se equivocó y la enemistad llegó sin avisar y ella echó a mano a cuanta palabra encontró cerca para defenderse. Como si las palabras alcanzaran. Sabía desde hacía tiempo, que una palabra lleva a otra y esa otra y a otra y a otra y otra, uniéndose en una cadena hasta la eternidad, y lo indecible siempre escondiéndose, siempre mostrándose indecible.
Seguiría hablándole, lo abrazaría, para paradójicamente disfrutar ese último día juntos. Pero se le mezclaba ese deseo del cuerpo con el hastío del alma, con la necesidad de despertarse de una vez de este sueño encantado vilmente convertido en pesadilla.
Estaba perdida nuevamente en sus pensamientos y anhelando ser encontrada otra vez, en su vulnerabilidad, por los brazos de él como en aquellos días. Pero los recuerdos la dejaban muda. Como los recuerdos no son sólo imágenes, golpeaban a la vez todos sus sentidos, perfumes, risas, lágrimas, sabores, caricias. Se esforzaba por recuperar los agradables, pero de tan placenteros, se convertían en recuerdos más dolorosos que los dolorosos mismos. Era tarde ya, para cualquier intento, entonces preguntó otra vez:
-¿Viste qué grande parece la ciudad bajo la lluvia?
-No, el vidrio está empañado, no veo nada de lo que pasa afuera.
Selva, había aprendido ya, que las palabras no aclaran lo que el corazón no puede ver y resignó las ganas de contradecirlo otra vez. La ventana no estaba empañada, los empañados eran los ojos del él. Ella veía claramente la ciudad.
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