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El extravío disimulado
Autor:
Ana Luz Kallsten
Sintió el deseo de vomitar sus vísceras al abrir su diario íntimo. Lo sintió distinto a su último encuentro. Tuvo una imagen agresiva en sus pensamientos, pudo recordar la violación de su intimidad. Su cuerpo no estuvo presente; pero sí su alma.
Felisa era pelada y sonriente. Tenía los años como para calzar zapatos número veintiocho.
El crimen cometido por su madre al revisar sus pensamientos clandestinos, haría que su enfermedad crónica se volviera terminal.
-¡Remolachas! ¡Se me va a caer otro diente!- Gritó en el medio de su habitación al sentir con su lengua la flexibilidad del colmillo. Entonces corrió, corrió y corrió, y gritó por todo el barrio:
-¡Remolachas! ¡Remolachas! Corrió y corrió, y llegó a la parada de colectivos. Allí estaba su virgen santa para darle paz. Doña Tita había terminado su labor doméstica. Felisa que nunca se despegaba de su delantal, se despedía así:
-¡Hasta mañana Tita!- Se lo decía alegre, pero temblaba del miedo al imaginar que un día podría despertar y no encontrarla en la cocina preparando su té negro con pan pelado.
- Si Dios quiere…
-¡Y la virgen!- Interrumpía la niña.
- Y la virgen… que te acompañe el niñito Jesús.
- Chau Tita, te quiero.
- Chau Felisa, yo también le quiero.
Esta vez Doña Tita no encontró a Felisa para despedirla. La niña estaba muy ocupada ordenando los pensamientos confusos que le atravesaron el cráneo con esto de la violación pero, ¡el diente!, doña Tita era la única que sabía de sus dientes voladores. Además, no le dio su bendición. Ahora Felisa no podía descifrar cuál era el peor crimen. ¡Remolachas! Los pies número veintiocho corrieron como flecha, lo hacía prácticamente sin pisar, ya que las baldosas emanaban fuego del calor acumulado. Corrió cinco cuadras en puntas, como lo hacía en sus clases de ballet.
Tita la alzó en su cintura y en una completa mudez, se la llevó a su casa.
La niña lloró y lloró en el trayecto, al llanto lo escondió en parte en su flequillo y al resto el calor lo evaporó. Ahora a todas sus desgracias se le sumaba el ardor que le dejó el sol al correr. Los rayos se filtraron en su cabeza calva, con suma profundidad.
Al llegar Tita le lavó los pies en el baño de azulejos bordó. Las lágrimas contenidas en los enormes ojos verdes de la pequeña, se escurrieron sin cesar. Con un hilo de voz, mirando a los ojos de Tita apenas pudo articular: -¡Remolachas! Doña Tita abrió su boca y vio el hueco sangriento de un diente faltante.
-Te lo tragaste- dijo con estupefacción.
Los enormes ojos pisaron los azulejos para buscar un espejo. Se abrieron como si se fueran a salir de la cara. Se lo habría tragado en su concentrado correr.
¡Otro secreto más! ¡Cómo haría para guardar en su talle 28, secretos tan enormes y atroces! ¿En qué parte de adentro del cuerpo iría a guardarse ese colmillo?
Sintió una paz, más pequeña y efímera que ella y su corta vida. Finalmente recobró una intimidad. Ésta nadie más se la iba a robar. No más intentos de un idioma inventado. Garabatos dibujados que nunca la habían terminado de convencer. ¡Cómo iba a inventar otra forma de hablar y escribir! Si todavía no sabía distinguir si ambulancia era con s o con c, y tampoco con que v/b. Cuánta gravedad ¿Cómo hacía para soportar? Su cabeza estaba a punto de explotar en un millón cuatrocientas (no, en menos, todavía al un millón sumando), ¡en quinientos pedazos cuadrados!
Felisa tenía un secreto tan íntimo que lo guardaba en sus vísceras. ¡No lo van a violar nunca más, nunca!
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