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El Café

Autor: Enrique Santos Discépolo



Poco y nada se conoció el café en los barrios suburbanos hasta
los primeros tiempos del corriente siglo. No era negocio,
pues tal producto no alcanzaba todavía un consumo general por
parte de los inquilinatos. Tenía en su contra la tradicional
infusión del llamado “mate cocido”, más barato. Alguna que otra
calle de las más transitadas contaba con algún café y mesa
de billar, pero era la excepción. Lo común era reunirse
en el despacho de bebidas de los almacenes y canchas de bochas.
No pocos se daban cita en la trastienda del boticario, en tanto
que los jóvenes lo hacían junto al farol esquinero.



Cafetín de Buenos Aires

De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que nunca se alcanzan.
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío
que sólo fue después, viviendo,
¡igual al mío!
Cómo una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste, entre asombros,
¡el cigarrillo,
la fe en mis sueños
y una esperanza de amor!

¿Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja?
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía, dados timba…
y la poesía cruel
de no pensar más en mí…

Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas,
José, el de la quimera;
Marcia, que aún cree y espera
y el flaco Abel, que se nos fue,
pero aún me guía…
Sobre tus mesas, que nunca preguntan,
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas…
bebí mis años…
y me entregué sin luchar.



Extraído del libro “Buenos Aires, mi ciudad”. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Año 1963.

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