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Baile popular

Autor: Jorge Luis Borges



El baile constituyó siempre una necesidad vital de la juventud
porteña. En los salones de fines de siglo era de rigor la presencia
del bastonero, que dirigía el orden y los movimientos de las parejas.
Cuando aparece la orquesta típica, el salón de baile adquiere
otra fisonomía: surgen las “Academias”, como las llamadas “ollas
populares”, con bailarinas contratadas, y en las cuales el concurrente
abonaba diez centavos por pieza bailada, importe que igualmente
percibían los componentes de las orquestas (cada uno y por cada
ejecución). Los salones más conocidos estaban en barrios como la Boca,
Palermo, Almagro, 11 de Septiembre, el Abasto, Parque de los
Patricios , Villa Crespo y en locales del Paseo de Julio (actual
avenida Leandro N. Alem).


El tango

¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer no pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

¿Dónde estará (repito) el malevaje
que fundó, en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones,
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, e la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de los Corrales y de Balvanera.

¿Qué obscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra obscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía
mató a su hermano el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualó los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,

en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio, la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,

que sólo es tiempo. El tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
un recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina de suburbio.



Extraído del libro “Buenos Aires, mi ciudad”. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Año 1963.

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